La final de Garitano

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Jueves por la noche. Termina el partido del Athletic en Granada. Los rojiblancos se acaban de clasificar para la final de Copa cumpliendo el sueño de muchos athleticzales. Me llega un mensaje al móvil. En una breve conversación el interlocutor me plantea: "¡a ver quién se atreve ahora a echar a Garitano!". Seguro que no es un caso aislado, seguro que muchos de los lectores de estas líneas o parte de sus respectivos entornos ponderan su oposición frontal al entrenador mucho antes que un eventual exitazo deportivo. En estos pantanosos terrenos nos seguimos moviendo. Supongo que rabian pensando en la no tan remota opción de que un presidente al que no votaron -muchos se quedaron e casita- y un entrenador que no plantea los partidos suicidas del despedido Berizzo conquisten la Copa que no consiguieron otros muchos gurús durante casi cuarenta largos años. No hay Supercopa, ni goleada al Barcelona comparables a una Copa. La sensación, convertida en evidente realidad, se podría resumir en que da lo mismo el resultado final, Garitano está sentenciado para muchos. Y no por un partido, ni dos, ni diez. El pensamiento clasista y snob no tolera que técnicos de casa dirijan la nave del primer equipo, sólo disponible -según parece- para ídolos mediáticos con sueldos imposibles y una legión de prensa amiga dispuesta a casi todo. Para ellos nunca existirá el fracaso, en cambio, para los simples mortales será su epitafio semanal. No hay alegría posible para quienes siguen en campaña. Aquello de remar todos juntos se hundió con la gabarra.


Pero la Copa es una competición diferente. Más allá de sus procedimientos y supuestas mejoras en pos de la democracia y la igualdad de oportunidades claramente contradictorias por otra parte, al campeón no se le rendirán cuentas de cómo la consiguió. En las vitrinas del Athletic, en la parte trasera del autobús del primer equipo, no figura ninguna inscripción o pie de página en el que se especifique si tal o cual título se ganó "jugando bien o mal" al fútbol. El premio es para uno sólo, clasificaciones para la nueva Supercopa aparte. Nada que ver con la Liga, donde la regularidad y la trayectoria marcan la posición final, donde los premios oscilan entre ganar el título, clasificarse para cualquiera de las dos competiciones europeas o mantenerse en la categoría. De hecho, en el Athletic de los últimos años, cualquier clasificación se venía catalogando de exitosa. Daba igual jugar previas en verano o perder finales sin competir y encajando goleadas históricas, el éxito del presidente y/o entrenador de turno eran indiscutibles y se pagaban por adelantado en cualquier ventanilla de opinión sopena de herejía. No se contemplaba el fracaso porque imperaba la sumisión a los supuestos gurús, se nos exigía valorar el camino para obviar las derrotas en Bucarest, Madrid o Barcelona. En esas citas no importaba ni el resultado ni el cómo porque la culpa era de los futbolistas, millonarios prematuros. Entonces se hablaba, como mucho, de decepción y muy a regañadientes. En Bilbao se celebraban derrotas igual que clasificarse para una final de Copa goleando al Mirandés. Incluso hasta se acusaba al aficionado de no valorar lo conseguido y excederse en su exigencia para con el equipo. No teníamos "ni puta idea", ¿recuerdan?. Supongo que por eso tanta loa y tanta bandera en los balcones.


El Athletic fue justísimo merecedor de la clasificación. Superó ampliamente al Granada en San Mamés, donde mereció sentenciar la eliminatoria, y en la primera parte del ´nuevo Los Cármenes´ hasta la última jugada. Cierto, sufrió media hora de arrollamiento local a raíz del primer gol. Cierto, en los dos goles nazarís vuelve a quedar retratado Núñez (el central con más ofertas top de Europa) con parálisis incompatibles con la titularidad prometida. Cierto, el sistemita de acumular defensas unido a un doble pivote con menos garantías de éxito que un flotador en medio del océano siempre acaba convirtiéndose en una invitación para que el contrario te domine, te someta y te acabe enchufando. Cierto, las justificaciones de Garitano cada semana parecen cogidas con más pinzas y se sostienen gracias a la Copa. Pero no se recuerda semejante somanta de palos al entrenador finalista de Copa. Ni cuando el Athletic de Valverde tuvo que ir al campo del Espanyol a remontar un empate en San Mamés tras un partido de ida que mereció acabar en severa derrota. Ni cuando se cayó con estrépito contra el Apoel. Ni cuando se peleaba por no bajar a segunda con Bielsa y Berizzo. El Athletic, con sus múltiples carencias acumuladas hace tiempo, es justo finalista de la mejor Copa de la historia (según los desinteresados entendidos en la materia). El Athletic hizo historia eliminando al Barsa sesenta años después y se planta en la final en la que menos creía la inmensa mayoría desde Diciembre. Llegados a este punto sólo vale ganar porque en caso de conseguirlo se convertirán en anécdota los debates sobre el juego propuesto y los delirios del banquillo. Llevamos más de dos meses apostándolo todo al doble o nada, como en otras finales recientes. El fútbol podría devolverles a los fundamentalistas, con los intereses propios de un título histórico,tantos años de discursos teóricos y arbitrarios. Antes lo llamaban justicia, ahora es la flor de donde la espalda pierde su nombre. ¿Acaso acojonan más las consecuencias de ganar la Copa que de perderla contra la Real?.

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