Los fracasos del Athletic

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En puertas de un partido de vuelta de una semifinal de Copa encontraríamos a muy pocos aficionados rojiblancos que no gestionasen una hipotética eliminación en Granada en términos de fracaso. Rebuscando entre sus diversos significados y contextos de uso, asociamos el fracaso a un "resultado o suceso adverso". Es decir, que en su propia concepción reside el resultadismo del que tratan de huir sin mucho éxito los defensores del cómo y jugando a qué, quienes anteponen su estilo futbolístico al marcador. Parece inverosímil hablar de fracaso cuando los resultados son positivos o relativamente a favor, parece excesivo hablar de fracaso en este mundo del fútbol en el que la autocrítica suele brillar por su ausencia. Se viene a la memoria la respuesta de Valverde a un posible fracaso tras ser eliminado por el Apoel, cuando dijo que lo podíamos llamar fracaso o decepción porque le daba igual. Es raro, cuasi infrecuente, escuchar a un futbolista reconocer un fracaso individual o colectivo. Como si fracasar implicase algo peyorativo de indeleble mancha en tu currículum. El fracaso tiene mucho que ver con las expectativas ante un partido o grupo de partidos. Según una de sus acepciones, "resultado adverso que se esperaba que sucediese bien". ¿Hace cuánto tiempo que el Athletic no especifica sus objetivos de cada temporada o los relativiza en público?. Llegamos por tanto al campo de la exigencia. De donde trataron de escapar muchos, escudándose en clasificaciones europeas, cuando los fracasos asomaban y se repetían. Exigencia, autocrítica y objetivos.


Otro de los sinónimos que encontramos del término fracaso viene del italiano ´fracassare´, "estrellarse o romperse". Que tiene mucho que ver con "caída o ruina con estrépito". Sus ejemplos más recientes y paradigmáticos podrían ser la segunda temporada de Bielsa: salvando la categoría en las últimas jornadas de Liga, cayendo en Copa con un Segunda B a doble partido, y eliminado en la fase de grupos de la Europa League. Y, por supuesto, los 14 partidos de Liga con Berizzo donde el Athletic se hundió en el pozo de la tabla en puertas de una campaña electoral. Un proyecto hundido con estrépito y otro ruinoso. A lo loco. En otras ocasiones, el "suceso adverso" puede adquirir también -en otros matices semánticos- tintes de "inesperado". Así fue tanto en aquella eliminación con el Apoel (y casi en la previa del Zillina salvada por los pelos) como en la famosa del Formentera con Ziganda en San Mamés. Las expectativas, frente a rivales inferiores, eran suficientes como para dar por encarriladas dichas eliminatorias. El suceso adverso e inesperado fue de absoluto fracaso. En este punto, cabe preguntarse si las derrotas coperas con el Barcelona y la final de Bucarest no fueron fracasos, más allá del punto de vista resultadista o emocional. Si el hecho de enfrentarse a rivales de mayor potencial y presupuesto suaviza tanta derrota con abultados guarismos. ¿Bajamos la exigencia y la autocrítica?, ¿lo reducimos casi todo al orgullo de filosofía y la dificultad de lo recorrido?. En esta doble vara de medir entran más factores que condicionan el argumentario colectivo: quién es el entrenador, quién el presidente, y en qué punto de legislatura estamos. Por eso unos fracasarán siempre y otros nunca. Nos hacemos trampas. Leña al de casa y crédito al "mediático".


Así que entre tanto resultado adverso, algunos con estrépito y caídas ruinosas, surge otra de las variables del fracaso: "la frustración". Apenas combatida desde el sentimiento de pertenencia a algo mayor y la esperanza en que vendrán tiempos mejores, la frustración aumenta exponencialmente cuando peleas por el supuesto objetivo europeo, consigues plaza Champions eliminando al Napolés, y tu entrenador decide priorizar la Liga rotando en Europa. Su resultado, en aquel grupo de Champions y posteriormente contra el Torino en la Europa League, fue de completo fracaso y mucha frustración. ¿Acaso luchamos durante un año para esto?. Volvíamos a debatir sobre gestión y capacitación de plantilla, igual que cuando Bielsa; seguíamos excusando al entrenador, igual que con Bielsa. Así que con este peregrinaje llega Garitano. Salva al club del fracaso de Berizzo, con resultados totalmente inesperados que reconducen la nave con éxito. Las expectativas se vuelven a activar. Los objetivos vuelven a ser Europa y la Copa, sin recordar la trayectoria preocupante y descendente del equipo desde Valverde. La única supuesta duda en el ambiente radica en si Garitano podrá implementar matices en ataque a una defensa que brilla y deslumbra por su eficacia. Pero vuelve la frustración. Y otro fracaso por una mala gestión física de la plantilla, un cambio de sistema inopinado e innecesario, y movimientos con algunos cachorros propios de otros técnicos precedentes. Le colocan a Garitano entre la misma espada y la misma pared de cuando llegó. Sólo nos queda la Copa y la mayoría opina que sería un fracaso cualquier resultado adverso en Granada y/o en la final. ¿Se puede convertir en fracaso un éxito inesperado?. ¿Por qué éste sería un fracaso y otros resultados adversos frente a rivales "inferiores" no?. Tal vez el club venga fracasando desde hace tiempo y algunos "éxitos" puntuales lo hayan tapado. ¿Se volverán resultadistas de golpe en esta Copa los defensores del cómo y el jugando a qué?. No lo duden. Cambiemos de entrenador, otra vez. Otro fracaso.

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