El Athletic de la intensidad

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Como si fuera el maná prometido, la palabra más veces repetidas en todas las crónicas y balances del partido copero frente al Barcelona en San Mamés nos refería permanentemente a eso a lo que suele aludir Valverde cada vez que a su equipo le falta fútbol, la intensidad. El abc del estajanovismo, confundido con una supuesta visión post-modernista del deporte rey, necesita de la intensidad en su versión más física. Esa forma de plantear algunos partidos que por momentos pudiera retrotraernos al Athletic de otras épocas, cuando jugar en la Catedral era un tormento ajeno desde que pitaba el árbitro. Entendida como no dejar salir al equipo contrario de su parcela, asfixiándole a base de jugadas de ataque, córners y faltas, la intensidad para el respetable de San Mamés pasa inexoráblemente por un estado de forma envidiable, algo en lo que unas cuantas piezas del puzzle valverdiano no venían destacando desde Agosto. Según algunos, la intensidad con Valverde ha sido una constante, pero lo cierto es que repasando los partidos contra el Barsa en San Mamés no parece que los resultados acompañen. Así lo confirman las cuatro últimas derrotas entre Liga y Copa.


A la intensidad -con cierta continuidad- se puede llegar desde la posesión pero también con el juego sin balón, de hecho, Valverde ha optado en los últimos tiempos por despreocuparse de tenerla para no perderla. La versión rojiblanca de la primera parte frente al Barsa se pareció mucho a la de los primeros compases del partido de vuelta en el Camp Nou la temporada pasada, cuando los leones acogotaron al rival adelántandose en el marcador con una presión altísima. El Athletic se siente mucho más cómodo así, fiándolo todo a una brega física imposible de mantener. La apuesta de la presión salió muy bien de inicio con dos goles en la primera parte, pero tus propios errores casi siempre terminan condenándote. Entonces, ¿cuándo aparece esta intensidad del Athletic?, ¿cuándo parece que luce más?. Son el Barcelona y el Madrid esos pocos kamikazes con causa los dispuestos al combate directo a base de golpes para ver quién tumba a quién, lo que antaño se conocía como "te dejan jugar". Esto, sumado al "estilo Barsa" de salir con la pelota a ras de césped desde la portería acentúa y da esplendor a este concepto de intensidad. No hay más que recordar cómo Ter Stegen se convirtió hace un año en el jugador culé que más balones había tocado en San Mamés.


También juega la intensidad que tiene que ver con la actitud de los futbolistas. En este punto volvimos a comprobar para qué sirvió que Valverde saliese públicamente a reprochar a algunos de sus futbolistas su reincidencia en las protestas. Lo mismo que esa intensidad te puede reflotar en muchos partidos torcidos, cualquier "ida de olla" en forma de agresión a un contrario o de patada por detrás teniendo una amarilla te pueden mandar a la caseta sin haber abierto la boca. Es probable que el resultado lo tape todo, al revés que en Sevilla o Las Palmas, que Valverde no repita su cartilla en rueda de prensa tras los enésimos excesos de Aduriz y Raúl García. Que el Athletic se quedase con nueve, y bien pudieron ser ocho, no debe quedarse en lo anecdótico porque por eso hubo que conformarse con resistir en lugar de opositar al tercero. A falta de fútbol control y en esta versión tan aleatoria e intermitente de lo intenso, el "cabraloquismo" campa más a sus anchas que nunca, y no digamos fuera de casa, sin resultados. Otro problema de la intensidad exclusivamente cardiaca salta en cuanto las pulsaciones se te disparan y tienes que aminorar. Sin control del juego en mediocampo, con un entrenador lento en los cambios, y frente a un rival superior, todo lo conseguido queda minimizado cuando lo diste todo en una hora. La intensidad gana pocos partidos de noventa minutos, sigue faltando fútbol colectivo y combinativo.


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