Caballito blanco

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Existe una raza superior, una especie protegida, una estirpe de superhombres que nunca se equivocan, que gozan de la inmunidad mediática mayoritaria, y a los que no se puede criticar so pena de antirojiblanquismo. El protagonismo de los entrenadores ha llegado a tal extremo absurdo, que se convierten, cual camaleón, en los únicos responsables de los éxitos y al mismo tiempo en responsables secundarios de los fracasos. Su ascendencia y aceptación popular son de tal magnitud que cualquier resultado posterior debe ser admitido. Si el juego del equipo no convence a casi nadie para eso está el demagógico universo de las sensaciones, y si la clasificación no acompaña nos aferramos sin rubor a la memoria histórica colectiva para salvarle de la discrepancia ante sus incomprensibles peripecias. Las críticas a las supuestas rotaciones de Valverde en Villarreal han hecho reaccionar a los valverdistas, abrumados y sorprendidos en las redes sociales ante el atrevimiento y la osadía de algunos desertores de su causa.


El conformismo y la miopía son los principales enemigos de la exigencia, pero poco se puede hacer ante un entrenador acorazado de avales deportivos. En su primera temporada el equipo acabó cuarto en Liga con una de las puntuaciones más bajas de un cuarto clasificado, por delante de un Sevilla centrado en la Europa League, y con uno de los Valencias más flojos de los últimos lustros que fue octavo. La temporada pasada una participación en Champions lamentable y sin competir con un patético colofón en la Europa League. Otra final de Copa perdida tras un peregrinaje excesivamente trompicado. Una primera vuelta muy deficiente en la que su continuidad estuvo en el aire (tanteos con Javi Gracia). Una séptima plaza insuficiente para la que no tuvo rival y que ya ha empezado a pasarnos factura. O una Supercopa de la que muchos reniegan y muy pocos presumen. El aval que suponen Aduriz, la afición y una caja rebosante en Ibaigane es secundario. No hay como tener una excelente prensa (sin entrevistas) y un curriculum maquillado por el paso del tiempo para vendernos al enésimo "Ferguson" de la historia rojiblanca. Eso sí, con una plantilla que otros muchos no tuvieron.


Pero Ernesto es testarudo, alérgico a repensar sus más firmes principios futbolísticos, y ya sabemos cómo y dónde terminan los irreconducibles. Su concepto de las rotaciones es suicida y perverso. Parte de una concepción minimalista y prejuiciosa de su plantilla, y cuando los resultados y las lesiones musculares masivas demuestran que su tesis es inviable para competir cada tres días llegan las improvisaciones. Valverde tiene su grupo de confianza y, para no deshacerlo pese al calendario, apuesta por otro once alternativo, desconjuntado y sin continuidad, para que siendo telonero actúe en grandes escenarios como cabeza de cartel. Ya lo hizo otras veces con idénticos resultados. No le importa desgastar la de por sí machacada credibilidad pública de sus suplentes. Valverde es contradictorio. Asegura que la Liga es "el alimento" pero sale con todo frente al Augsburgo para "rotar" en Villarreal. Se confiesa resultadista pero se rebrinca cuando no se valora su propuesta futbolística por los malos resultados, y no duda en defender lo indenfendible con esas excusas que tanto nos rechinan en boca de otros. Como en el patio del colegio, Valverde es caballito blanco. Solo él gana en las victorias y nunca pierde en las derrotas. ¿Autocrítica?, se equivocan de ventanilla.


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