Nostalgia de gabarra

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En 2009 el Athletic caía goleado en la final copera de Valencia. Los leones habían tardado la friolera de veinticinco años en volver a optar a un título y Bizkaia se vistió para la ocasión. Para tanto fue que ni siquiera la abultada derrota frenó las ansias de celebración de la afición. El botxo recibía a los suyos como si hubieran ganado al mejor Barsa de la historia. A pesar de algunas críticas, ciertamente minoritarias en aquel momento, pocos dudaron en subirse a la ola del agradecimiento por salir goleados. En los seis años posteriores el Athletic ha perdido dos finales más de Copa, una de Europa League y otra Supercopa. Una época en la que hemos transitado muy rápidamente de la ilusión de soñar con la gloria del triunfo a una cierta resignación al constatar tantas veces que eso de ganar finales era misión imposible. Tal vez por eso la afición rojiblanca prefirió no vestir sus terrazas y balcones de puro sentimiento rojiblanco para esta Supercopa. La derrota contra el Barsa a doble partido era casi un hecho, tanto que hasta Valverde lo verbalizaba en rueda de prensa. La ambición y la fe habían sucumbido ante el escepticismo.


El Athletic, casi por inercia, había inmunizado contra el dolor de la falta de competitividad en las finales a los partidarios de recular ante la exigencia, pero los leones han superado con creces cualquier expectativa. Ante semejante proeza la gabarra se situaba en el centro de un extraño debate. Desde el año 84 nadie había puesto en duda su uso si el Athletic superaba al Barcelona en una final y menos rematándole en su estadio. ¿Por qué con la Supercopa sí?. Se ha hablado de dos factores principales: la saturación del calendario rojiblanco esta semana y considerar la Supercopa como un título menor en comparación con una Liga o una Copa, como si se estas se ganasen con frecuencia. El problema de las fechas tenía alternativas, retrasar la gabarra dos semanas hasta el primer parón de Liga o darle prioridad recibiendo a los políticos en Ibaigane coincidiendo con las recepciones oficiales en la Aste nagusia. Lo de relativizar la conquista de la Supercopa porque se ha disputado "de rebote" resulta paradójico cuando menos, nadie se rasgó las vestiduras al superar la previa europea del Trabzonspor gracias a una carambola extradeportiva con aroma a decretazo UEFA.


Pero, puestos a poner pegas a la gabarra, tal vez sería justo repensar el resto de actos conmemorativos. No se entiende que el matiz principal entre celebrar una derrota y un título sea un autobús techado o descapotable. Es posible que el vínculo de Ibaigane con la religión católica y la clase política sea más fuerte e imprescindible que el supuestamente pretendido con su masa social. Porque, si hablamos de mantener símbolos propios o de ser diferentes sin perder las señas de identidad, cabría preguntarse cuál responde mejor al intento, la gabarra o cualquier acto religioso/político. El autobús descapotable o las balconadas son lugares demasiado comunes en el planeta fútbol que ya conocimos en la derrota, en cambio, la gabarra habría sido novedosa e inolvidable para muchas generaciones que no la disfrutaron en su momento, un acto popular y aglutinador como pocos. Sorprendería que quienes defendieron la pervivencia del arco de San Mamés hubiesen hecho la vista gorda con otro de nuestros símbolos más queridos y anhelados. Como dijo Aduriz será en otra ocasión, eso si, siempre que no entre en conflicto con los caprichos de los socios de San Mamés Barria, que tienen preferencia.


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